Un experto propone a Benedicto XVI para el Nobel de Economía.
Un experto propone a Benedicto XVI para el Nobel de Economía. Su encíclica denuncia los efectos del derrumbe de la natalidad
ROMA, jueves, 9 julio 2009 (ZENIT.org).- En una entrevista publicada por el diario italiano "Corriere della Sera" el 8 de julio, el economista Ettore Gotti Tedeschi, exponente de los mayores grupos bancarios mundiales, ha propuesto otorgar al Papa Benedicto XVI el Nobel de Economía. Según Gotti Tedeschi, el mérito del pontífice ha sido el de escribir claramente en la encíclica "Caritas in Veritate" que la crisis económica es hija del derrumbe de la natalidad. En la entrevista, el banquero, que es también comentarista del diario vaticano "L'Osservatore Romano", explica que "el insuficiente crecimiento económico se debe al derrumbe de la natalidad en los países desarrollados (aunque de modo diferente en Estados Unidos y Europa)". El derrumbe de los nacimientos ha llevado al crecimiento de los costes fijos, como los impuestos, y a la disminución del ahorro y de los activos financieros, pero --afirma Gotti Tedeschi-- "muchos analistas han preferido no profundizar el origen 'original' de la crisis" porque "tocar el tema de la natalidad es un tabú, es una forma de negacionismo". "Es un tema connotado como ‘moral'--precisa el banquero--, y por lo tanto no científico, casi estúpido, para fanáticos religiosos". En este contexto, Gotti Tedeschi subraya que el Papa "ha sido el único que ha puesto en relación crisis y derrumbe de la natalidad", y precisamente por esto "merece el Nobel de Economía".
Traducido del italiano por Nieves San Martín
Pobres y enfermos
Hace poco me presentaron un informe con la situación de los mas necesitados en todo el mundo. Allí, donde existe un dispensario dedicado a la pandemia del sida, lo mismo en África que en Asia o Hispanoamérica, también en Europa, son religiosas o sacerdotes católicos los que están allí, para cuidar de los dolientes.
En mas de cien terruños. En las leproserías, en los albergues de longevos terminales, en los sanatorios para abatidos infecciosos, sólo hay misioneros y misioneras católicos. Ellos esparcen su amor sobre los leprosos, los sidosos, los dolientes terminales, los viejos sin hogar, los desfavorecidos y desahuciados.
El Papa Benedicto XVI ha situado en el África doliente a muchos millares de religiosas y sacerdotes, de misioneros y misioneras.
Teresa de Calcuta, desde los cobertizos de enfermos terminales de la India, ha arribado al cuerno africano, en las poblaciones estercoleras de África, en los poblados escombreras de Asia, en las favelas cariocas o en las villamiserias peruanas, se ocupan de los mas desfavorecidos millares de monjas, hijas de la madre Teresa.
Los misioneros católicos están cuidando a los mas desdichados, pobres y dolientes. Primero era el tifus o la lepra. En este momento es el sida. Sin distinción de patria, linaje o credo. Son las religiosas católicas las que están en primera línea, en silencio, junto a quienes mas precisan de su auxilio.
Sócrates solamente llamaba ricos a los que sabían hacer buen uso de sus riquezas; los demás ricos, aunque poseyeran bienes inmensos, quedaban relegados entre el número de los pobres. Y afirmaba que su pobreza es incurable.
La crueldad contra la vida de millones de seres humanos forzados a una vida mísera, los indigentes y longevos abandonados, es por una inicua repartición de las riquezas entre los terruños de todo el mundo.
“Las zonas de miseria o de hambre que existen en el mundo, hubieran podido ser fertilizadas si las gigantescas inversiones en armamentos, que sirven a la guerra, hubieran sido cambiadas en inversiones para el alimento, que sirven para la vida”.
CLEMENTE FERRER ROSELLÓ
Dios y Amor
El amor verdadero es el que nos hace ser mejores personas. Este amor es un fin en sí mismo. En el fondo todo es un medio para amar verdaderamente, en la medida humana que podamos. Cuando el Evangelio dice que Dios es Amor afirma algo de un enorme significado. Este significado incluye que Dios es el ser necesario, la causa incausada, el ser por sí mismo.
José Ignacio Moreno Iturralde
El latir de la Navidad
Desde hace alrededor de 2000 años, millones y millones de familias se han reunido de un modo especial un día del calendario para festejar la Navidad, para celebrar un nacimiento. Normalmente las familias celebran nacimientos pero aquí también sucede al revés: un nacimiento celebra a las familias. Estas entrañables reuniones suelen estar llenas de encanto y de alegría, aunque dentro de algunos haya oscuridades y tristezas. La primera Navidad no tuvo luz eléctrica, ni muchos jolgorios, pero sus primeros protagonistas fueron luz y alegría para la milenaria historia de los hombres que han comprendido –en mayor o menor grado- qué ha sido y qué es la Navidad.
Es sorprendente la capacidad que los seres humanos tenemos para convivir con cosas asombrosas sin prestarles demasiada atención. La Navidad supone la convicción histórica y real de que Dios se ha hecho uno de nosotros. Esto es algo en lo que han creído y creen multitudes inmensas de personas. No se trata de opiniones subjetivas o de cuestiones “poco realistas”: La veracidad histórica de los Evangelios supera con mucho la de otros textos de su época. Puede encontrarse interesantes y documentados artículos al respecto
[1]. Sin embargo, la aceptación del grandioso hecho de la encarnación del Hijo de Dios, y lo que esto implica, es algo que requiere fe, un don divino. No se trata de una lotería inasequible: San Agustín dice que “para el que quiera creer tengo todas las razones, para el que no quiera creer no tengo ninguna”. A Dios se llega por la humildad; luego vienen los resultados: la confianza, la alegría y la paz interior, en medio de los embates de la vida.
Evangelio significa “Buena Noticia”... Dios nos considera hijos suyos en Jesucristo. Esto conlleva interesantes consecuencias: Ya me case y sea feliz o ya me dé una espantosa enfermedad soy un ser íntimamente querido por Dios. Ya esté a gusto en una fiesta familiar o delante de la tumba de mi madre tengo una respuesta para ambas situaciones. Triunfe profesionalmente en mi vida, o acabe en la cárcel, siempre habrá para mi una estrella, la de Belén. La Navidad significa que los que el mundo llama estrellados tienen también estrella mientras que los que son considerados estrellas han de andarse con mucho ojo para no estrellarse.
Puede revivirse cada año, cada día, un sentido más vivo de la Navidad. El mundo occidental parece olvidarla más y más pero la Navidad renace en el corazón de los hombres que la acogen con la sencillez y el asombro de aquellos pastores venturosos. La Navidad y el sentido profundamente humano de su mensaje es un hecho destinado a iluminar también las sociedades de los hombres, como lo ha hecho y lo seguirá haciendo. Existen también hoy, como hace dos milenios, magnates poderosos que quieren arrinconar, ocultar la muestra de este acontecimiento excepcional para el mundo. Temen que la influencia de una familia sencilla y comprometedora destruya sus pensamientos sin Dios. Hablan de tolerancia, de no caer en viejos confesionalismos, de “respetar” la multiculturalidad. Si miraran sin prejuicios la escena de Belén verían que aquel acontecimiento glorioso es un imán de unión para los hombres. Si supieran contemplar a Jesús de Nazaret niño comprenderían que tan asombroso personaje no tiene nada que ver con una imposición, sino con una fantástica propuesta que no puede ser ocultada.
[1] http://www.interrogantes.net/Valor-historico-de-los-evangelios/menu-id-22.html http://www.interrogantes.net/Existio-realmente-Jesucristo-/menu-id-22.htmlJosé Ignacio Moreno Iturralde
El protagonista de la Navidad
El protagonista principal de la Navidad es un niño, un bebé. No es una madre, ni un padre, ni una estrella, ni un mito; sino un niño de carne y hueso, nacido en una familia pobre y en una situación de apuro. Chesterton hablaba de la Navidad como la fiesta de las familias que reviven en sus casas el acontecimiento del que no tuvo una para nacer. El hogar que Dios eligió para mirar por primera vez al mundo con ojos humanos fue un establo, una gruta. Lo que importaba era la familia: ésta es el hogar. El hogar es el corazón del hombre, de todo hombre, no solo de los cristianos. El hogar se constituye cuando los hombres acogen en él a Dios y, como consecuencia, a sí mismos. La crisis de la fidelidad matrimonial no es otra que la desacralización de la familia y, por tanto, de su deshumanización. Acoger a Dios y a los demás por Dios es algo profundamente humano: es la condición necesaria para la fraternidad entre los hombres. Extirpar lo divino del horizonte humano no es ser laico, es ser a-teo; y no se puede exigir en nombre de la democracia que el orden civil de oficial sepultura ciudadana a Dios, del mismo modo que no puede imponerse a los ciudadanos ninguna religión –incluida la cristiana- ni ninguna ideología que ponga en jaque el concepto de mujer, de hombre y de familia, como hoy ocurre a nivel mundial con una fuerza digna de mejor causa.
El cristianismo es la civilización del niño, del más indefenso, del que es amor encarnado, hecho persona. La indefensión e inocencia del bebé contrasta con la potencialidad de su espíritu y de su genética. Un niño es una aventura, una historia abierta al hoy y al mañana, una biografía. Por este motivo un niño es una alegría, aunque no sea una comodidad. El símbolo del cristiano es un crucifijo, pero también lo es una madre con el niño en sus brazos. La vitalidad cristiana acoge tanto la vida como la muerte: sabe que nace para morir y que muere para vivir. Por esto el cristianismo es esperanza y alegría. La historia de la cruz se ha convertido en la historia de la familia. Sin cruz no hay familia; por esto hay quienes quieren eliminar la familia, desnaturalizándola y pervirtiéndola.
Entre las barbaridades de nuestro mundo tecnificado destaca con virulencia la extensión masiva del aborto voluntario. Pasando por auténticas deformaciones mentales se llega a querer que una mujer tenga el derecho de matar al hijo de sus entrañas si así lo considera oportuno. Abortar es matar al niño, matar a la familia, matar a la humanidad. Por muy incómodo que resulte traer un hijo al mundo no puede darse por buena la muerte provocada de un ser humano en su estado de máxima indefensión. La sociedad tiene una grave responsabilidad en la ayuda a la mujer embarazada y necesitada de todo de apoyo humanitario, sanitario y económico.
Un hijo es un gran motivo para vivir, es la mitad del propio corazón. Traer un hijo al mundo es una dicha para sus padres. Un hijo es amor hecho vida. La vida puede entonces convertirse en amor, que es la única manera de que merezca la pena de ser vivida. Lógicamente la maternidad y la paternidad físicas no excluye otros modos de vivir digna y humanamente, que siempre deben tener relación con una entrega sincera al servicio de nuestros semejantes.
Recuperar la sacralidad de toda vida humana es recuperarnos a nosotros mismos. Pienso que no es posible realizarlo tan solo denunciando, como acabo de hacer, atentados contra la vida. Hay que recuperar el sentido de la íntima belleza del mundo y solo podremos encontrarlo desde la aceptación de la propia vida que nos toque vivir. Un niño, salvo no pocos casos dolorosos, suele encajar bien su vida. Sus propios juegos siempre le parecen importantes; no tiene ni medio problema de autoestima; excepto si le faltan sus padres o uno de ellos. Un niño se toma muy en serio a sí mismo; siempre que esté cerca de sus padres.
Aceptar personalmente la vida, en sus etapas más duras, puede ser asumirla interpretando parte de su sentido. La autonomía humana radicalizada no es suficiente. Recuerdo la frase de una embarazada con problemas en la película “Solas”: “yo no quiero que me den la razón, quiero que me digan que mi vida va a cambiar”. No se puede forzar a nadie a creer en Dios pero no se puede arrancarlo de cuajo de nuestro mundo: esto es inhumano porque supone destruir el último baluarte de la esperanza. Se acepta con sentido la vida cuando soy capaz de aceptar en ella una providencialidad, de la que se me escapan muchos factores. La providencialidad es para los hombres porque no niega su libertad, sino que la afirma. La libertad sin providencia desemboca en una absurda lotería de placeres y sufrimientos.
Jesús de Nazaret aceptó plenamente la integridad de su Vida y esto no le fue cómodo en absoluto pero lo hizo porque era el Hijo muy amado
[1].
[1] Mt 17, 1-9.
José Ignacio Moreno Iturralde
Mensaje social de la Navidad
La cuna del cristianismo se basa en paradojas asombrosas: Una Madre que es Virgen. Un bebé que es Dios. Un padrazo que no es padre según la carne. Estos misterios de fe encajan bien en la realidad porque la vida es una paradoja y quien no se da cuenta de esto no sabe donde está. En el plano humano la virginidad está muy relacionada con la maternidad y la paternidad: A mas virginidad más familias sólidas y con hijos –con excepciones-. Cuánto mayor es el respeto al bebé, antes y después de nacer, más se entiende a Dios. Un mundo que protege y ayuda a los niños en el seno de su madre es un mundo que se sabe creado, que entiende que existe un orden moral superior, no inasequible, a nuestras conciencias. El cristianismo supone la civilización de la prioritaria defensa de los más pobres y necesitados. Cuando entre cristianos han existido errores en estos puntos clave no ha sido por ser cristianos sino precisamente por no serlo. Belén, desde su mágica sobriedad, es un canto a la dignidad y al valor inmenso de toda vida humana. La imagen y semejanza de Dios en toda persona, sea cual sea su salud o su posición, supone la raíz más profunda de la dignidad humana y el motivo más fuerte para la solidaridad. Hay algo más de cara a nuestras plurales y democráticas sociedades en las que estamos de acuerdo en casi nada, excepto a la hora de comer: Un Dios que se presenta al mundo de esta manera es un himno a la libertad, a la confianza en cada ser humano y en su capacidad de elegir lo mejor. En la historia se han dado formas de intolerancia entre los cristianos –como ha ocurrido entre los no cristianos- porque somos hombres con defectos, en ocasiones graves. Pero la vida del Niño de Belén supone un cambio de mentalidad en lo personal y en lo social. Jesús pagó sus tributos, trabajó con afán de servicio y alegría, dió al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Desenmascaró las mentiras de los hipócritas, perdonó a las adúlteras y predicó con su palabra y con su sangre un mandamiento nuevo que lo sigue siendo hoy.
José Ignacio Moreno Iturralde