Profanación a Jesús Sacramentado
He leído una carta que un joven cura de Alcorcón escribe a un amigo, pidiéndole se una al Dolor de Cristo en la Eucaristía, donde ha sido profanado. Repaso noticias, pero nada encuentro en ningún medio. ¿Por qué tanto ocultamiento a las ofensas a Dios?
Siento dolor y pena pensar halla gente capaces de cometer actos como este, pero también siento dolor y pena halla católicos que ante hechos como este callen. No hay palabras para calificarlos, personas sin remordimiento ni vergüenza, sin vida ni conciencia, sin voz interna que le avisa que es un terreno sagrado el que están profanando.
El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, ya que en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente. Solo la ignorancia, el odio y la maldad son capaces de profanar a Jesús Sacramentado.
Pero, no olvidemos que todos los enemigos de la Iglesia terminan en la tumba, y la Iglesia sigue en pie, porque Cristo-Dios le ha prometido que durará hasta el fin de los tiempos, y contra Dios no puede nadie.
Elena Baeza
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Benedicto XVI:"Mujer y varón"
Discurso de Benedicto XVI al congreso internacional «Mujer y varón, la totalidad del humanum»CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 10 febrero 2008 (ZENIT.org).- Discurso que dirigió Benedicto XVI este sábado a los participantes en el congreso internacional «Mujer y varón, la totalidad del humanum», celebrado en Roma del 7 al 9 de febrero para recordar los veinte años de la publicación de la carta apostólica de Juan Pablo II «Mulieris dignitatem».
Queridos hermanos y hermanas:Con mucho gusto os doy la bienvenida y os saludo a todos vosotros, que participáis en el Congreso internacional sobre el tema «Mujer y varón, la totalidad del humanum», organizado en el XX aniversario de la publicación de la carta apostólica «Mulieris dignitatem». Saludo al señor cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, y le doy las gracias por haber manifestado los sentimientos comunes de los presentes. Saludo al secretario el obispo Josef Clemens, a los miembros y colaboradores del dicasterio. En particular, saludo a las mujeres, que son la gran mayoría de los presentes, y que han enriquecido con su experiencia y competencia las sesiones de trabajo del congreso.
El argumento sobre el que estáis reflexionando es de gran actualidad: desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, el movimiento de valorización de la mujer en las diferentes instancias de la vida social ha suscitado innumerables reflexione y debates, y ha multiplicado muchas iniciativas que la Iglesia católica ha seguido y con frecuencia acompañado con interés.La relación hombre-mujer en su respectiva especificidad, reciprocidad y complementariedad constituye, sin duda, un punto central de la «cuestión antropológica», tan decisiva en la cultura contemporánea.
Numerosas intervenciones y documentos pontificios han tocado la realidad emergente de la cuestión femenina. Me limito a recordar los publicados por mi querido predecesor, Juan Pablo II, quien en junio de 1995 quiso escribir una Carta a las mujeres, mientras que el 15 de agosto de 1988, exactamente hace veinte años, publicó la carta apostólica «Mulieris dignitatem». Este texto sobre la vocación y la dignidad de la mujer, de gran riqueza teológica, espiritual y cultural, inspiró a su vez la Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En la «Mulieris dignitatem», Juan Pablo II quiso profundizar en las verdades antropológicas fundamentales del hombre y de la mujer, en la igualdad de dignidad y en la unidad de los dos, en la arraigada y profunda diversidad entre lo masculino y lo femenino, y en su vocación a la reciprocidad y a la complementariedad, a la colaboración y a la comunión (Cf. n. 6). Esta unidad dual del hombre y de la mujer se basa en el fundamento de la dignidad de toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios, quien «les creó varón y mujer» (Génesis 1, 27), evitando tanto una uniformidad indistinta y una igualdad estática y empobrecedora, como una diferencia abismal y conflictiva (Cf. Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 8). Esta unidad de los dos lleva en sí, inscrita en los cuerpos y en las almas, la relación con el otro, el amor por el otro, la comunión interpersonal que indica que «en la creación del hombre se da también una cierta semejanza con la comunión divina» («Mulieris dignitatem», n. 7). Por tanto, cuando el hombre o la mujer pretenden ser autónomos y totalmente autosuficientes, corren el riesgo de encerrarse en una autorrealización que considera como una conquista de la libertad la superación de todo vínculo natural, social o religioso, pero que en realidad les reduce a una soledad opresora. Para favorecer y apoyar la auténtica promoción de la mujer y del hombre no es posible descuidar esta realidad.
Ciertamente se necesita una renovada investigación antropológica que, basándose en la gran tradición cristiana, incorpore los nuevos progresos de la ciencia y las actuales sensibilidades culturales, contribuyendo de este modo a profundizar no sólo en la identidad femenina, sino también en la masculina, que con frecuencia también es objeto de reflexiones parciales e ideológicas. Ante corrientes culturales y políticas que tratan de eliminar, o al menos de ofuscar y confundir, las diferencias sexuales inscritas en la naturaleza humana considerándolas como una construcción cultural, es necesario recordar el designio de Dios que ha creado al ser humano varón y mujer, con una unidad y al mismo tiempo una diferencia originaria y complementaria. La naturaleza humana y la dimensión cultural se integran en un proceso amplio y complejo que constituye la formación de la propia identidad, en la que ambas dimensiones, la femenina y la masculina, se corresponden y complementan.
Al inaugurar las sesiones de trabajo de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en mayo pasado en Brasil, quise recordar que todavía hoy persiste una mentalidad machista, que ignora la novedad del cristianismo, que reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con respecto al hombre. Hay lugares y culturas en los que la mujer es discriminada y minusvalorada sólo por el hecho de ser mujer, en los que se recurre incluso a argumentos religiosos y a presiones familiares, sociales y culturales para defender la disparidad de los sexos, en los que se perpetran actos de violencia contra la mujer, haciendo de ella objeto de malos tratos o de abusos en la publicidad y en la industria del consumo y de la diversión. Ante fenómenos tan graves y persistentes parece más urgente todavía el compromiso de los cristianos para que se conviertan por doquier en promotores de una cultura que reconozca a la mujer la dignidad que le compete, en el derecho y en la realidad concreta. Dios encomienda al hombre y a la mujer, según sus peculiaridades, una vocación específica y una misión en la Iglesia y en el mundo. Pienso en estos momentos en la familia, comunidad de amor abierto a la vida, célula fundamental de la sociedad. En ella, la mujer y el hombre, gracias al don de la maternidad y de la paternidad, desempeñan juntos un papel insustituible en relación con la vida. Desde su concepción, los hijos tienen el derecho de poder contar con un padre y una madre para que les cuiden y les acompañen en su crecimiento.
El Estado, por su parte, tiene que apoyar con políticas sociales adecuadas todo lo que promueve la estabilidad y la unidad del matrimonio, la dignidad y la responsabilidad de los cónyuges, su derecho y tarea insustituible como educadores de lo hijos. Además, es necesario que se le permita a la mujer colaborar en la construcción de la sociedad, valorando su típico «genio femenino». Queridos hermanos y hermanas: os doy las gracias una vez más por vuestra visita y, deseando pleno éxito para vuestro congreso, os aseguro un recuerdo en la oración, invocando la materna intercesión de María para que ayude a las mujeres de nuestro tiempo a realizar su vocación y su misión en la comunidad eclesial y civil. Con estos deseos, os imparto a cuantos estáis aquí presentes y a vuestros seres queridos una especial bendición apostólica.¡ Ave María Purísima !
Más textos del libro en:
http://www.dudasytextos.com/clasicos/decenario.htmLa paz del alma, disposición necesaria para que el Espíritu Santo habite siempre en nosotros.
Es el Espíritu Santo muy amante del reposo y quietud; pero de ese reposo que siente el alma cuando no busca ni quiere otra cosa que a su Dios.Cuando el alma está habitualmente en este reposo y quietud y sin otro deseo de saber, si no es cuál sea la voluntad de Dios para al punto cumplirla, entonces el alma goza de una paz inalterable, y cuando esta paz tiene el alma, viene a ella el Espíritu Santo y hace allí como su morada, y dispone y gobierna y manda como aquel que está en su propia casa.Él manda y ordena, y al punto es obedecido.
Mas cuando nos inquietamos y turbamos y con la inquietud perdemos la paz del alma, este Santo y Divino Espíritu se contrista grandemente; no porque a Él le venga algún mal, sino porque nos viene a nosotros. El Espíritu Santo no habita en el alma donde la paz no esté como de asiento; perdida la paz, no puede el Espíritu Santo habitar en nosotros, porque a la santidad de Dios la es como un imposible habitar donde no hay paz.
El alma sin paz está como inhabitada para oír la voz de Dios y seguir su llamamiento divino.Por esto el Espíritu Santo no habita donde no hay paz, porque este Divino Espíritu, que siempre está es aptitud de obrar, al ver al alma sin aptitud para ello, se retira, y contristado, calla.El Espíritu Santo quiere habitar en nuestra alma, con el único fin de dirigirnos, enseñarnos, corregirnos y ayudarnos, para que nosotros, con su dirección, enseñanza, corrección y ayuda, logremos hacer todas nuestras obras a la mayor honra y gloria de Dios.
Y sin este Divino Espíritu, ¿cómo vamos nosotros solos a saber dar gusto y contento a Dios, si el que comunica este gusto y contento de Dios es el Espíritu Santo, por ser Él la acción de Dios en el alma?Y por esto bien Le podemos llamar al Espíritu Santo, con toda verdad, el Dios familiar a nosotros; pues si la paz no puede habitar en nosotros, resolvámonos este día a que todo se pierda antes que perder la paz de nuestra alma, sumamente necesaria para lograr la habitual asistencia del Espíritu Santo, y con ella es seguro que poseeremos a Dios por amor en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad. Amén.
La belleza salvará al mundo
José Ignacio Munilla nos habla, en su artículo titulado "La belleza salvará al mundo (El culto al feísmo)"(
www.enticonfio.org), de la belleza verdadera, que no pasa porque encierra el misterio de la verdad, que la hacen, a todos, tan atractiva. En arte, a mí me gustan, especialmente, las obras clásicas, las que expresan o la pureza de las formas o son un trasunto de la realidad. Hay obras modernas que atraen sólo a unos cuantos. ¿Será que pocos las entienden, o tal vez serán pocos los que mienten sobre su gusto y belleza? Arrastra la moda, y algo pasa cuando expresa el mal gusto. Así se expresa sobre la belleza el Obispo de Palencia: "Dice el refrán que "sobre gustos no hay nada escrito". La expresión es falsa en su literalidad, pero además parece sugerir erróneamente que el gusto estético es un sentimiento arbitrario, sin que quepa establecer relación alguna de causa-efecto entre nuestros gustos y los valores objetivos que sustentan nuestra vida.¡Nada más lejos de la realidad! Frente a quienes piensan que la verdad es ajena al mundo del arte y que "no hay que mezclar las filosofías con la estética", lo cierto es que la belleza tiene una fuerza pedagógica para introducirnos en el misterio de la verdad, hasta el punto de que la belleza llega a ser transparencia de la verdad y de la bondad.
Cuando escuchamos una determinada pieza musical y llegamos a emocionarnos al experimentar su belleza, o cuando contemplamos algunas obras de arte que son elocuencia viva del misterio que representan, no nos cabe duda de que la expresión estética es el reflejo de la interioridad del hombre. Sin embargo, formulando este mismo principio en negativo, lo mismo cabría decir de tantas expresiones "estéticas" que parecen despreciar la belleza y hasta se regocijan en un "culto al feísmo": la fealdad es la expresión del nihilismo y de la vaciedad de nuestra cultura. ¿Cómo tenemos que interpretar el enorme apoyo a determinados engendros estéticos, del estilo de esa canción tan manida, que últimamente se escucha en todas partes y a todas horas, por poner un ejemplo de nuestros días? No creo exagerar si digo que estamos ante una rebelión contra la belleza, la armonía y la elegancia, complaciéndonos en lo zafio, burdo y absurdo. La opción por lo antiestético, es expresión de la negación del sentido armónico de la existencia y, en consecuencia, de la posibilidad del gozo contemplativo. La fealdad procurada es lo más parecido que conocemos al placer del pirómano, que disfruta con la destrucción de la creación. Frente a esta crisis cultural de fealdad, el cristianismo está llamado a continuar su ancestral vocación de "tutor" o "abogado" de la expresión estética. Ciertamente, la Iglesia ya no puede ejercer de "mecenas" del arte, en el sentido económico del término. Pero, sin embargo, existe otro tipo de mecenazgo más determinante, cual es la conjunción de los tres transcendentales: belleza, bondad y verdad. En efecto, estamos plenamente convencidos de que "la belleza es el esplendor de la verdad", al mismo tiempo que "la santidad es la belleza absoluta". Conjuntamente con las tradicionales vías racionales para el conocimiento de Dios, la Iglesia siempre ha sostenido otro tipo de vías existenciales, como es el caso de la llamada "via pulchritudinis", es decir, la belleza como camino para descubrir a Dios. En efecto, nosotros creemos que la belleza es "aparición" y no "apariencia". En realidad, "lo primero que captamos del misterio de Dios no suele ser la verdad, sino la belleza" (Von Balthasar).
En resumen, la belleza es una clave fundamental para la comprensión del misterio de la existencia. Encierra una invitación a gustar la vida y a abrirse a la plenitud de la eternidad. La belleza es un destello del Espíritu de Dios que transfigura la materia, abriendo nuestras mentes al sentido de lo eterno. Traemos a colación una conocida cita de San Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo... interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ("confessio"). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza ("Pulcher"), no sujeto a cambio?" (Serm. 241,2).
El título que hemos elegido para este artículo es una conocida frase de la novela El Idiota, de Dostoievski: "La belleza salvará al mundo". Pero, "¿qué belleza salvará el mundo?", pregunta un determinado personaje de esta novela, que se debate desesperado en medio del dolor. La respuesta a su pregunta se presenta como la tesis de la novela de Dostoievski: ¡Jesús crucificado! Si, ciertamente, la belleza salvará el mundo, pero la belleza ha de ser descubierta, no solamente en la gloria del Tabor, sino también en la figura sufriente del crucificado.
En efecto, nosotros no identificamos la belleza con la "guapura", lo "atractivo", lo "placentero"… En realidad, la belleza no es para nosotros una mera experiencia estética, sino que el concepto pleno y consumado de la belleza se identifica con la misma "santidad". Por ello, no tendría sentido que buscásemos la belleza en meras manifestaciones artísticas, tales como la pintura, escultura, música… si al mismo tiempo dejásemos en el olvido que la vida de los santos es la realización y la manifestación más perfecta de la belleza.
Por el contrario, a la luz de la fe comprendemos que la fealdad por antonomasia no es el rostro sufriente del hombre, ni tan siquiera la misma muerte, sino el pecado. No en vano, el refranero cristiano enfatiza aquello de "¡es más feo que un pecado!", al mismo tiempo que invoca a María –la preservada del pecado- como "la criatura más bella de la creación" o "la obra maestra del Creador". Por algo decía Hans Urs von Baltasar -conocido como el "teólogo de la belleza"-, que "María es el esplendor de la Iglesia".
Keka Lorenzo de Astorga
Sobre la necesidad de la oración
El Papa nos ha dado importantes lecciones en su reciente visita a América. Son muchas sus enseñanzas. Bien sabe que algunos no sólo no oran sino que se atreven a predicar contra al oración como si ésta fuera pédida de tiempo. "El tiempo pasado en la oración nunca es desperdiciado, por muy importantes que sean los deberes que nos apremian por todas partes"-recordó, en Estados Unidos, Benedicto XVI. Pero no faltan los que se consideran más papistas que el Papa y niegan el valor de la oración para otorgarlo en exclusiva a la acción. Olvidan que Jesús tiene "palabras de vida eterna". ¿A quién iremos sino a Él para saciar nuestra sed de verdad, de amor y de paz? "Jesús se retiraba a la soledad para orar, para unirse al Padre y recibir de Él nuevo vigor para su misión en le mundo" (Joseph Rázinger) y enseñarnos que en al oración encontraremos la fuerza para perseverar en el servicio fiel a Dios en el hermano necesitado. "Vigilad y orad para no caer en al tentación, porque el espíritu está pronto pero la carne es flaca"- aseveró Jesús a los Apóstoles-. Con sobrados motivos, Pío XII quería en la Iglesia "grupos de oración".
"La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios"- se ha dicho -. ¿Qué suele pasar cuando un cristiano abandona la oración para tener más tiempo para los pobres, por ejemplo? ¿No es verdad que experimenta poco a poco la sequedad que incapacita para la entrega amorosa y perseverante a Dios en el hermano? Sí, al olvidarnos de Dios fácilmente nos centrarnos en nosotros mismos, haciéndonos egoístas y quedándonos, al final, vacíos. Necesitamos retirarnos a la soledad del corazón para encontrarnos con Dios y recibir el impulso de la gracia para unir nuestra voluntad a la divina, para ser fieles también en momentos de dificultad o de persecución a causa de la fe, como los santos, para no dar ni un paso atrás en el camino de entrega personal. "Vosotros sois la luz del mundo"- nos dice Jesús -. Pero si religiosos, sacerdotes y laicos no nos conectamos a Él por la oración y los sacramentos, ¿cómo vamos a ser luz? Como una bombilla no funciona sin conectarse a la corriente, así tampoco funcionamos nosotros sin conectarnos con Cristo, Camino, Verdad y Vida, el único Salvador.
Josefa Morales
Sí de María

"Sin el sí de María Jesucristo no hubiera nacido".
(Juan Pablo II)

"A otros santos parece les dio Dios gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia de que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra...así en el cielo hace cuanto le pide" Santa Teresa de Jesús.
Más oraciones en el enlace.
Imagen:http://www.historialago.com/xto_san_jose_100.jpg